Ofrecemos una reflexión sobre la obra de esta creadora brasilera que comienza a ascender en la escena alternativa internacional.
Su cuerpo es un objeto intervenido donde pura belleza y fina brutalidad se dan la mano en un poema visual sorprendente. Fruto de una mente que cuestiona el status quo de las cosas mientras se enmascara en una actitud facial absolutamente neutra, la coreógrafa brasileña consigue otorgar un mayor protagonismo a su acción despersonalizada. Así de contundente es Marcela Levi en sus "obras escénicas", pese a que al hablar fuera de ellas nos parezca menuda e cercana. Pero en el escenario, es otra cosa. En el cubo donde todo es posible, la fuerza de su voluntad por expresar no puede ser contenida ni formateada por otra pieza de ropa que no sea su propia piel y así, toda desnuda, se alza como terrorista del presente a partir de la aseveración inexorable de la temporalidad del cuerpo humano, su campo de batalla, que presenta sin pudor ni modestia. Su carrera en ascenso, con las piezas Massa de Sentidos e In-organic va conquistando terrenos. Tras su paso por el festival Complicitats, de Barcelona, el ciclo Solos para un espacio blanco, en Laboral Escena de Gijón, en junio pasado y su reciente participación en el festival Cocoa, de Buenos Aires, su nombre se hace cada vez más familiar en la escena alternativa internacional.
A medio camino entre la danza - el cuerpo como arma a la vez que campo de acción -, el teatro - con narrativas textuales y formales - y la escultura - a partir de la utilización de elementos externos que aplica a su cuerpo para transformarlo y recrearlo -, estas "piezas escénicas" que quieren enfocar nuestra mirada hacia los bordes situados justo entre el interior y el exterior de las cosas, los cuerpos y los hechos, como en las muñecas rusas de una de sus piezas, tienen muchos referentes, aunque son totalmente únicas. En In-organic, ocho horquillas para el pelo penetran en su boca desde los labios cerrados hacia el exterior, creando una especie de bozal metálico que impide el habla e incluso el grito, mientras que un collar de perlas, de 25 metros de largo, da vueltas a su alrededor hasta envolver y ceñir su cuerpo desnudo desde el bajo vientre hasta el pecho, transformándose en un vestido-jaula tan precioso como cruel. Al igual que en Massa de sentidos, esta coreógrafa de fina ferocidad mantiene un mismo tipo de relación des-situada con los objetos que forman parte de su atrezo, retomando la idea de Duchamp del objet trouvé como un experimento de desubicación y su consiguiente reconstrucción del sentido, lo que permite obtener perspectivas nuevas a hechos antiguos.
La dislocación que genera Levi fuerza un extrañamiento con todo lo que nos rodea a la vez que, siguiendo los mismos esquemas de abstracción, pone de relieve los paralelismos que existen entre hechos aparentemente distantes, como la masa de pan y el cuerpo humano, en Massa de sentidos, o la muerte y la fiesta en In-organic, dos de las tres piezas que forman parte de su trilogía sobre el cuerpo externo y el cuerpo interno, aun por finalizar.